La música y el cambio

internet, música | ark | 04.02.2006 @ 23:50

De buenas intenciones está el mundo lleno. Y de malas interpretaciones, ya surjan estas voluntaria o involuntariamente, también.

“Nada es gratis, no entiendo por qué la música debe ser gratis (…) la excusa del libre acceso a la cultura me parece demagogia (…) grabar un disco tiene unos gastos de producción enormes, y si no rentabilizas eso, difícilmente puedes hacer otro (…) las cifras de ventas han bajado, eso es un hecho; y la gente sigue escuchando música, es decir, que la gente que no ha comprado un disco es porque se lo ha bajado gratis. Para mí es como si me estuvieran robando, directamente.”

Estas son, en resumidas cuentas, las declaraciones que el músico José Ignacio Lapido (ex compositor y guitarrista de la banda granadina 091) hizo en una entrevista con PopMadrid hace un mes escaso. Las omisiones no obedecen, en ningún caso, al objetivo de manipular el contenido, sino a comentarios prescindibles. El músico no está de acuerdo con los movimientos que defienden la libre distribución de la música por internet, y para defender su punto de vista, ofrece, muy respetuosamente, sus razonamientos, que pueden ser más o menos acertados, pero que, en el fondo, son totalmente subjetivos y personales.

Antes de seguir, tengo que decir que respeto mucho a David Bravo y su trabajo, y en gran medida, comparto sus ideas, así como sus buenos ánimo e intenciones. Pero eso no evita que parte de sus parroquianos puedan subirse al carro por motivos más económicos que idealistas. Al fin y al cabo, si uno se declara a favor de las descargas musicales (sean estas legales o no, tema nublado ese), se está justificando moralmente a sí mismo dichas descargas. Y, estoy seguro, hay quien pone en su boca la palabra de David Bravo no para luchar contra una industria conservadora e injusta, sino para defender su propio bolsillo. La música es cara.

Bravo puso un fragmento de dicha entrevista en su weblog, y, por supuesto, las declaraciones de Lapido levantaron las iras de los defensores de lo gratuito, que descargaron sus mejores discursos contra el artista. Cuando un anónimo comentarista pidió un poco de respeto para con el músico, una de las respuestas que se pudieron leer fue la siguiente:

“Cuando pides respeto ¿te refieres también al que en ese video nos llama ladrones y piratas? ¿O es que esas palabras ya tenemos que aceptarlas como el pan nuestro de cada día?”

Como siempre, no es la mayoría silenciosa la que se escucha, sino la minoría ruidosa. Y parece que la táctica de los pseudo-defensores de la libertad (y si digo “pseudo-defensores” es porque también existen auténticos defensores) consiste en poner en boca del oponente palabras que éste nunca ha dicho. Porque Lapido no tacha a nadie de ladrón o pirata, ni falta el respeto a ninguna persona.

Estoy convencido de que hay muchos que defienden la cultura libre por un motivo más noble que el de ahorrarse unos euros. Personas que tienen ideas respetables y que creen que realmente es posible cambiar un modelo de negocio caduco y que ya empieza a oler. Pero despreciar a aquellos que puedan tener ideas más conservadoras no es el camino. No soy un especialista (David Bravo sí) pero parece ser que el principal problema con respecto a la ley de la copia privada es que aún no está nada claro si se considera que el intercambio de archivos en las redes peer to peer implica ánimo de lucro o no, y no parece un asunto fácil de zanjar. Y aún amparándonos en un vacío legal, por muy legal que sea, nos queda el tema de la moralidad. ¿Hasta qué punto es moral descargarse un disco de un artista que apenas genera ingresos en lugar de comprárselo?

Debido a un mercado abiertamente manipulado y censurado, José Ignacio Lapido -entre muchísimos otros grandes músicos- no puede permitirse vivir de la música. Sencillamente, no le sale rentable. Si nadie le compra un disco, dejará de hacerlos, porque una cosa es el amor al arte, y otra cosa es morirse de hambre por el arte. Todos, algunos más y otros menos, nos hemos descargado música de forma dudosamente legal, pero, hoy por hoy y por mucho que nos pese, toca comprar los discos si no queremos correr el riesgo de vernos envueltos en disputas legales más o menos justificadas. El mundo es así: si no quieres comprar un disco, no lo compres. Antes de poder descargar música sin pagar un duro con la conciencia totalmente tranquila (momento que espero con ansia, de veras) tendremos que encontrar un método totalmente justo y equitativo para recompensar al artista. Porque la música es cultura, sí, pero su creador invierte un tiempo y un dinero en ella. Tiempo y dinero que podría dedicar a otro trabajo, un trabajo el merecimiento de cuyos honorarios no fuese puesto en duda por los demás.

¿Qué tal una forma de promoción realmente igualada para todos? ¿Qué tal las mismas posibilidades? ¿Qué tal menos lavados de cerebro por parte de las grandes emisoras de radio? Si todos los músicos tuviesen realmente las mismas posibilidades, destacarían los que hacen buena música, y no aquellos que la industria quiere hacer destacar. Y los conciertos de los buenos músicos se llenarían de gente. Y entonces, sólo entonces, aquellos que hacen música porque les gusta y nos gusta a nosotros, porque la disfrutan y la disfrutamos nosotros, entonces los artistas estarían dispuestos a distribuir su música gratis. Porque podrían vivir de ello sin que nosotros tengamos que dejarnos nuestro sueldo, y todos saldríamos ganando. Tendríamos acceso a buena música, nos saldría gratis, y los artistas minoritarios no tendrían que mendigar por contratos discográficos degradantes.

Al fin y al cabo, cambiar un modelo de negocio -que es lo que todos queremos- implica mucho más que bajarse un disco en lugar de comprarlo. La descarga gratuita es el fin, no el medio. Busquemos el medio.

Michael Crichton y los tecnomitos

opinión, libros | ark | 01.02.2006 @ 13:26

Aunque tiendo a pensar que quien pueda leerme conocerá el argumento de Parque jurásico (la novela de Michael Crichton y posterior superproducción cinematográfica de Steven Spielberg), voy a exponerlo aquí brevemente. John Hammond, el multimillonario dueño de InGen, una poderosa empresa dedicada a la ingeniería genética, consigue crear dinosaurios vivos para poblar el que será el parque temático más espectacular jamás visto. Pero antes de su inauguración, una visita formada por un pequeño equipo de científicos sufre la ira de las prehistóricas criaturas cuando un fallo de seguridad afecta a la isla donde se sitúa el parque. Muere mucha gente en el incidente, y los pocos que sobreviven están obligados por un contrato a no hablar nunca más del asunto.

En su secuela El mundo perdido (novela que Spielberg obligó a Crichton a escribir, haciéndole resucitar patéticamente a uno de los personajes, para luego dirigir una película que poco o nada tenía que ver con el libro en que decía basarse; pero ese es otro asunto), Ian Malcolm, el matemático ficticio más carismático de toda la historia, se enfrenta en un determinado momento con Richard Levine en una acalorada discusión. Levine, famoso paleontólogo (conforme a lo que “famoso” significa dentro del mundo científico) insiste en creer los rumores que hablan sobre la existencia de una isla poblada por dinosaurios creados por InGen, a lo que Malcolm responde hablando de los llamados tecnomitos.

Los tecnomitos son, según Malcolm, el equivalente actual a la mitología griega y romana, esto es, historias ficticias, ‘leyendas urbanas’ científicas que abarcan desde la existencia de un motor de automóvil que consume una ridícula cantidad de combustible hasta las mágicas propiedades de un hombre que es capaz de brillar en la oscuridad y que el gobierno de los Estados Unidos tiene retenido en algún lugar. Ian Malcolm pretende, con esto, hacerle ver a Richard Levine que los dinosaurios de InGen no son más que otro tecnomito, y como tal, completamente falso. El problema es que, en realidad (y hablamos de la ficticia realidad de la novela, obviamente) esos dinosaurios sí existen. Lo que lleva a pensar que esa sencilla anécdota en una novela puede ser una sutil forma de Michael Crichton de decirnos que algunos de esos tecnomitos podrían, en realidad, ser ciertos.

El problema, claro, es que Crichton no es científico. Sólo es un escritor que comenzó estudiando medicina para luego dejar la carrera a mitad y escribir, bajo seudónimo, una escandalosa novela sobre errores médicos en un importante hospital. Ese es el motivo, por ejemplo, de la mala acogida de su último título, Estado de miedo, en la que da a entender que el tan nombrado calentamiento global no es más que otro ‘tecnomito’ inventado por alguna retorcida organización ecologista para defender sus intereses, y que en realidad no vamos a morir achicharrados todos de aquí a unos años. Mientras él expone el punto de partida del argumento de una novela de ficción y aporta datos científicos reales (tan reales como los que afirman que el calentamiento global es una realidad, aunque más aislados ), la gente pone el grito en el cielo. Unos le acusan de defender las acciones políticas de Bush en lo que se refiere al medio ambiente, pero lo que más destaca en las críticas a la novela es que ‘Crichton llama terroristas radicales a los ecologistas’ (un par de ejemplos). Porque en su novela aparece un grupo ecologista que prepara distintos atentados.

Sí, es tan absurdo como creer que, en Parque jurásico, el escritor quiere dar a entender que todos los estadounidenses multimillonarios son locos que pretenden devolver a los dinosaurios a la vida. Una cosa son las ideas, más o menos justificadas o absurdas, que alguien pueda tener en su cabeza, y otra muy distinta, el argumento de una novela de ficción. Pero hay a quien le da por mezclar unas cosas con otras. Y Crichton, desde luego, no llama terroristas a los ecologistas. Sólo mezcla personajes inexistentes en una situación intexistente. En el peor de los casos, la novela nunca afirma lo que es, sino que sólo divaga sobre lo que podría ser, y además basándose siempre en datos reales, mejor o peor interpretados. Claro que, después de ver fenómenos como el de El código Da Vinci, no es de extrañar que la comunidad científica pueda estar más a la defensiva; al fin y al cabo, no sería la primera vez que la gente confunde un cuento con la realidad.

Sea como sea, un escritor juega con las palabras, y a Michael Crichton eso se le da bastante bien. Pero recuerda, él no es científico, sólo escritor, y su libro es ficción, no un documento contrastado. Las cosas claras, por mucho que la literatura sea cultura, no todos los libros dicen la verdad. Y, si no, como último recurso, nos esperamos a la película, que seguro que llegará más temprano que tarde.